La entrada en la boca del metro suele venir acompañada de pensamientos
que van desde el ligero retraso que suele caracterizarme y la inquietud que
genera, hasta la pregunta sobre el número de vidas que salva la locución que
recuerda la prohibición de bajar a las vías, aparentemente necesaria pese a lo
lógico de la cuestión.
La del civismo en el metro también resonó constantemente en
mi cabeza por la pegadiza música de fondo (OMD – Electricity) y el tiempo que
tardé en reconocerla, pero quisiera centrar el tema en la que falta: la que
pretende prevenir a los turistas de los robos en metro durante la temporada
alta, que por lo demás este año ha sido especialmente suculenta para todas las
partes gracias al aumento del número de visitantes en algo más de un 15%:
hosteleros, restauradores, ayuntamiento, aerolíneas, lateros y carteristas.
Cierto es que, ante el exagerado repunte de los hurtos, una campaña así se
hizo necesaria, así como la presencia policial en el metro, cuyos positivos
resultados han sido constatados en el primer mes.
Cierto es también que Barcelona tiene un serio problema con
la reincidencia de los ladrones, y la laxitud de la ley sobre qué merece ser
castigado y qué no (de donde podríamos sacar algún post jugoso y bastante largo)
es el problema más grave en lo que a delincuencia se refiere.
Pero la sutileza pasa por la manera en que una campaña que
ha sido concebida para público extranjero presenta un mensaje preventivo en
catalán, inglés, japonés y castellano, por este orden, y parece olvidar, por ejemplo, el alto número de franceses que visita la
ciudad, sobre todo en verano, aprovechando la proximidad.
Así que me puse a
buscar estadísticas que muestren la proporción de denuncias por robo entre
el volumen general de turistas, y pese a
no haberlas encontrado encontré los datos
oficiales de la Generalitat sobre Turismo , que muestran la distribución de
visitantes por nacionalidades:
Españoles no catalanes, franceses, italianos, ingleses, y estadounidenses.
Pues eso: ¿dónde está la bolita?
Cuando planteo la pregunta busco saber si ante toda la
representación hay algún interés no declarado cuando, al margen de dar un
mensaje que es útil e indiscutiblemente positivo, se esconde una cierta
imposición lingüística que poco o nada tiene que ver con el problema que ataca
y cuya sutileza pasa inadvertida ante el público.
Pienso que la racionalización y objetividad deberían ser
prioritarias para resolver sin crear más conflictos. ¿Por qué? Porque establecer
una división lingüística cuando ambas lenguas son oficiales, en teoría gozan de
los mismos derechos y sobre la que ya hay un debate bastante amplio, no hace
sino situarlas en escalas diferentes.
El volumen de denuncias por robo es un factor prácticamente
aleatorio. Sí, ha habido peticiones oficiales de parte del gobierno japonés
para evitar los robos a sus turistas (un discreto 2.1% de visitantes), lo que
da sentido a su inclusión, pero no explica por qué este se encuentra por
delante del castellano (con diez veces más visitantes sin contar a los procedentes
de América Latina), y detrás del catalán, cuyos usuarios habituales son con
mucha probabilidad los que menos robos sufren.
Por otro lado, el precio de los billetes aumenta anualmente
siendo ya un 47% desde 2002, aumento que van muy por encima del del IPC, que en
estos 8 años apenas ha superado el 30% (¡qué decir de los últimos dos años!), y
pese a haber habido no pocos reclamos de asociaciones de usuarios que ya saben
que Barcelona cuenta con el transporte público más caro de España, el precio
para el año 2012 previsiblemente aumentará en su habitual 5%.
Demos gracias a TMB: por lo menos somos los primeros en
entender lo fácil que es perder la cartera, como si no fuese lo que hay dentro
lo que nos importa realmente.
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