Sí, sin duda es toda una noticia: ya somos 7000 millones de
habitantes en la Tierra. 7000 mil millones de Homo Sapiens iguales ante los
ojos del dios que sea. Para empezar, deberíamos pensar en cómo le vamos a
explicar a la pequeña Danica el buen día ha elegido la historia para darle su
momento de gloria efímera, puesto que no parece casualidad que su nacimiento se
haya producido el día que se celebra Halloween, o lo que es lo mismo, la
víspera del día de los muertos.
Perdónenme el tono pesimista, si es que sólo se puede
reconocer en este texto. Pero los datos demográficos, geopolíticos y
socioeconómicos son lo menos alentador frente a la felicidad que debe reinar
entre sus familiares, y el alivio que deberíamos sentir nosotros cuando la reproducción
social sigue proporcionándonos niños (que nos enseñen a vivir y a disfrutar de
los cuatro días que estamos aquí) y capital humano para los años venideros.
Esto último si no consideramos la inercia demográfica, el
mal uso que hacemos de nuestros recursos –cada vez más limitados, valiendo la
redundancia- la desigualdad en su reparto y en el acceso a ellos, o la aparente
resignación a haber superado ya el punto de inflexión que garantiza nuestra
supervivencia a medio plazo.
En la editorial de La Vanguardia Alfredo
Abián, menciona nuestra experticia en crecimiento sostenible con un cierto sarcasmo
que concluye que no habremos aprendido nada de los errores ni dentro de 2 billones de personas.
No podemos olvidar a la mayor parte de la población que
habita el planeta a día de hoy, y mirar a otro lado cada vez que sale a la
palestra alguna evidencia vergonzosa como las que vemos a menudo. Por el azar
más absoluto hemos tenido la suerte de estar en el lado “afortunado” del mundo,
y ya nos quejamos de las reglas del juego.
Nada que no sepamos: el 97% de la población nace en países
subdesarrollados cuyos recursos son explotados por economías extranjeras dejando
como salidas más habituales la colonización pactada o la corrupción política y
la financiación opaca de los gobiernos que los gestionan, que generan guerras
civiles que a su vez reportan importantes ingresos a los poderosos de la letra
G cuyo número varía en función de la importancia de lo que se discute en sus
cumbres.
El comercio exterior como imposición, la apropiación de
materias primas en pos de una economía globalizada y el consumo como eje del
desarrollo constriñen la ecología e impiden el desarrollo propio agotando sus
suelos y mano de obra o niños. Y la progresión no es aritmética. Sólo hay que mirar cifras, resumidas en el artículo de El Mundo, que resumen el informe de la ONU.
Tal panorama me recuerda a la película Hijos de los hombres, Children of men, Alfonso Cuarón, que abre con la paradójica frase de “ha muerto el hombre más
joven del mundo”. También me ha encendido la bombilla del reportaje
sobre el suicidio de ayer en El Mundo. Mucho se ha escrito al respecto, y
está demostrado que aumenta, al igual que el alcoholismo, la depresión y el
consumo de drogas, con la complejización de las sociedades y la pérdida
identitaria y existencial que de ella deriva.
Estando las cosas como están, con el envejecimiento de la
población se ha invertido la tendencia creciente que nos garantizaba una
jubilación decente y sanidad. Un baby-boom nos
vendría muy bien dentro de unos años, pero estando también absolutamente
seguros de que habrá una mayor automatización en los procesos productivos, la
competencia también crecerá exponencialmente.
Todo parece indicar que el mundo de mañana será un lugar más difícil en el que vivir. ¿Qué garantías tenemos entonces de que podamos vivir en paz y traer nuevas vidas al mundo sin que estas tengan que matarse entre ellas para sobrevivir?
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