sábado, 11 de febrero de 2012

Bienvenidos al Museo del chiste.

Tres meses ha tardado en menguar mi estupefacción, que no en desaparecer. Y es que no puedo culpar a los que se desinteresan por la política. Gozan de una mejor salud, por aquello de que las realidades se generan dentro de uno mismo

Me refiero a que tenía muchas  esperanzas puestas en las elecciones, y tras he caído en una espiral nihilista y de resignación ante la secuencia de hechos. La mayoría absoluta de la derecha, que desde el primer día ha faltado a su palabra, la reforma laboral que convierte un poquito más a los trabajadores en peones prescindibles, una reforma educativa que no hará sino ampliar el número de trabajadores a colocar, la derogación de leyes por razones de credo religioso, más tijera, menos servicios con impuestos al alza, y pobre del egoísta que se queje, que esto es igual para todos. Además, el tema Iñaki y todo lo que salpica, el cable 524 y la simpatía del Rey a los golpistas del 81', la "inocencia" quién sabe en qué clave de Camps, la defensa por parte de su partido ignorando deliberadamente los valores a los que a menudo apela con cínica indignación, y el vuelco del caso hacia Garzón, como si de represalias políticas se tratase. Queda todavía el más importante de los temas por salir: el del Franquismo.
Por todo esto, y mucho más, tengo que disculparme ante mis no-lectores, porque no faltan temas sobre los que escribir. Sencillamente es difícil canalizarlo todo a través del teclado, o tal vez es que mi incredulidad frente a todo esto presagia la aparición de alguna úlcera estomacal.
Ya no tenemos que ceñirnos sólo al pasado. Tenemos la confirmación absoluta de que vivimos en una broma. En el mejor de los monólogos del ´Club de la comedia'. Uno eterno y plagado de los chistes más inimaginables, así como de otros tan viejos que han sido olvidados y reinventados con personajes actuales.


La redefinición de la justicia.


Ya es la justicia en si misma abstracta y relativa. Lo ha sido desde el principio de los tiempos y no faltan ejemplos que nos lo confirmen empezando por la Ley del Talión, pasando por el derecho romano y las dogmáticas ordalías del Medievo o de las culturas aisladas en las que unos pollos deciden con su muerte la inocencia o culpabilidad de una persona con drásticas consecuencias.
Nosotros, digamos “occidente” o “el mundo civilizado” aunque en este momento seamos todo lo contrario, quisimos en algún momento una democracia justa y equilibrada en la que encuadrar nuestros actos en base a algo que podríamos llamar la “empatía”. Nos erigimos en tanto que “Justicieros implacables” para opinar, juzgar y castigar problemas ajenos, e iniciar guerras preventivas o contra líderes colocados anteriormente por intereses económicos, pero escondemos la cabeza a la hora de mirar atrás y resolver una parte de nuestra historia antes de que termine de enquistarse cual recuerdo traumático. Ahora sólo nos queda cruzar los dedos por que un ápice de sensatez se asome y desencadene en esta tierra de acontecimientos surrealistas.
Hoy el cuento es más o menos el mismo, puesto que si en la Europa feudal “Dios” probaba la inocencia de un acusado evitándole graves quemaduras en una mano, aunque tal cosa muy rara vez ocurriese -salvo acuerdos previos, debidamente pagados- en la España del siglo veintiuno hemos redefinido la política.
Por un principio muy lógico todo el mundo sabía que las ordalías demostraban la culpabilidad del acusado en lugar de creer en su inocencia. Los juicios eran más rápidos, la figura del Pantócrator era lo suficientemente temida, y todo el mundo prefería perder una mano a convertirse en un mártir en la hoguera.
Incluso cuando factores más difícilmente comprobables como en las ordalías de ciertas tribus africanas, consistentes en hacer beber un brebaje tóxico a los acusados siendo el culpable incapaz de vomitarlo por procesos internos relativos a la culpabilidad y consecuentes bloqueo mental y tensión corporal, el grupo tiende a creer que el resultado del juicio ha sido el justo en el caso, y el adecuado para la continuidad del grupo y de su orden social
El problema viene con la racionalización que nos distingue de estas culturas, la superación del estadio en el que la magia y la religión son la ciencia que cohesiona el grupo. Tantos años de lucha contra el Absolutismo, por una Constitución, por una separación efectiva de poderes y la igualdad de todos los hombres ante la ley. Esta primera sentencia no representa sino una bofetada (más) para los que desean el bien en el mundo. Sin embargo, no es sólo eso, sino la confirmación de un pasotismo que esconde influencias sólo Dios (sí, seguramente sólo él) sabe de qué calibre.
Por eso me permito equiparar lo que está sucediendo con las ordalías. ¿O es que a alguien sorprende que con un partido que llega a la mayoría absoluta y gobierna con sospechosa y despreocupada opacidad, la ratificación del escaño del señor Camps y la sentencia del Tribunal Supremo a Garzón haya vuelto a volverle la espalda a la población y a los valores que sobre ella deben reinar. 
¿Acaso alguien dijo algo cuando el caso en cuestión eran los crímenes de Pinochet, siendo no muy diferentes de los que hoy nos atañe?
Por lo demás, la justicia depende de situar en un mismo plano los agravios de unos a los daños de otros. Y si buscamos su definición veremos que poco en común tiene con una situación que deberíamos considerarnos afortunados de presenciar. Igual es eso, que debemos alegrarnos del descaro con que todo esto está sucediendo, y asumir que jamás recuperaremos la esperanza o la fe en nuestras instituciones y el crédito del estado si es que alguna vez lo tuvo. El significado real de las palabras viene definido por consenso del grupo. 
El tema es que aquí no hay consenso. Y claro, si no hay consenso a la hora de calificar los hechos presentes estaremos admitiendo la manera en que los tribunales han hablado, y por lo tanto permitiendo que laJusticia quede definitivamente desvirtuada.


No cabe duda de que tenemos muchos temas tabú, en torno a los cuales hay mucho que tapar a juzgar por la parodia que ante nosotros transcurre. Me sorprende que Europa no se inmiscuya cuando se quiere presentar como la depositaria de unos valores desvirtuados hoy por hoy. 
Resulta que nadie se atreve a cuestionar la autoridad moral (o los santos huevazos) con que los moralistas que nos gobiernan nos quieren convertir en buenos samaritanos, cristianos practicantes, amantes de la vida y del matrimonio heterosexual según la teoría Aguirrista de las peras y las manzanas.
Pero resulta que ya no tenemos nada en qué creer y sí tenemos, sin embargo, mucho que reflexionar.