Fruto de la extensión y mediatización del movimiento se ha caído en el error de ver a los "indignados" como un selecto club de "antisistemas" y “perroflautas” más que como un amplio número de personas cuya impotencia y asombro ante el descaro en que su futuro está siendo decidido y sus derechos pisados, empuja a la calle a exigir la devolución de una ética que se evapora poco a poco.
Maticemos que la indignación es un estado, no una condición inherente, de impotencia y frustración. Es la constatación de la enorme diferencia existente entre cómo nos han enseñado que son las cosas y cómo son realmente. Entre lo que se propugna y lo que se practica. Indignado es un adjetivo, no sustantivo, en un ad-hominem de facto, en el que ni la claridad de los argumentos teóricos ni el hastío y la pérdida de confianza parecen incomodar a quienes lo practican.
La Sociedad del Riesgo de Ulrich Beck, explica la relación de factores comunes a lo que mueve a los indignados, o qué es lo que quieren, como si fuese más difícil de entender que de llevar a la práctica.
Mucho se ha hablado al respecto, y hay opiniones de todos los tipos, cuya veracidad depende de cómo quiera ser interpretada. Pero matices aparte, hay un núcleo significativo en esta protesta pese a lo que el señor Sánchez Dragó pueda opinar al tildar a un movimiento de masas “prefascista” y comparar sus formas con las de Robespierre en la Convención Jacobina. Todavía no hemos visto cabezas rodar, y las que están en el punto de mira no son precisamente las de los opositores.
Por su parte, Zigmunt Bauman sugiere en una entrevista a El País que, siendo un movimiento más emocional que intelectual, es más probable que se evapore a que consiga cambiar las estructuras en la forma en la que pretende hacerlo.
Romántica o racional, la cuestión es que, dejando a los medios y su maleabilidad de lado, uno de los puntos más enigmáticos del impacto real que puede tener tal efervescencia -visto el apoyo de la población- depende de la manera en que la clase política ignora el polvo que se levanta, especialmente tras el resultado efectivo (cargas policiales, procesos ejemplares, mediatización selectiva y enfocada al descrédito, decomiso y eliminación de la amplia gama de recursos desplegados en el despegue del movimiento) que se ha podido observar.
No hay que olvidar que la publicidad necesita ser vista para existir, y que darle significación a una revuelta social implica reconocer la legitimidad de los puntos que critica.
Si el enunciado crea la realidad, y la reacción ha sido manifestada a gran escala y por grupos muy diversos en diferentes países, ¿por qué esta toma de conciencia no es tomada en serio?
No en vano, Bauman, en su análisis del exterminio judío de la Segunda Guerra Mundial, define la negación como la muerte simbólica del que declara agravios que ser subsanados.
Prioricemos entonces: pongamos claro cuáles son los canales a través de los que se puede actuar.
1. Si la clase política responde a una revuelta social con silencio de cara a la galería (internamente deben estar hablando mucho de la amenaza potencial que esta representa), hay que buscar su respuesta oficial y pública que la ponga más en evidencia –si cabe, lo que se antoja difícil cuando su representatividad es uno de los principales cuestionamientos. La representatividad les obliga a escuchar, y eso es lo que no hacen.
El bipartidismo ha caracterizado a España desde los albores de su surrealista democracia, por allá por el siglo XIX, y sólo ha sido sustituido por dictaduras militares y por efímeros intentos republicanos, dejando un medio con raíces profundas y obsoletas frente a las que pocas opciones tenemos. Si encima le añadimos la interminable lista de favores que se deben unos a otros deber tras cuarenta años de dictadura, el menú del día está servido.
Así, qué se hace cuando podemos elegir entre ‘izquierda’ y ‘derecha’ pero sólo queremos ir hacia adelante?
2. Es fácil dejarse mover por una voluntad de cambio, pero si se habla del actual como un período caracterizado por su liquidez, el impacto de una corriente depende directamente de que supere el ‘punto crítico’, que la ebullición se disperse y se haga más difícilmente controlable. En principio cuestión de tiempo, siempre que se mantenga una cierta presión ciudadana.
De alguna manera, contar con el apoyo –simbólico- de Eduardo Galeano, creo que debe dar alas para evitar que la gota de ‘insurrección’ se diluya y ayude a empujar en una dirección que consiga cambiar una transformación silenciosa impuesta a través de la violencia simbólica descrita por Bourdieu, en la que el desconocimiento del dominado reafirma el poder dominante.
Puede que frente al descrédito impulsado por la clase política y del que participan algunos de los medios con más difusión, la seguridad de los manifestantes y la confianza en sus ideales se tambalee tras cada manifestación. Sólo puedo desde mi escritorio apelar a la fraternidad que se respiraba en las primeras semanas del movimiento, viendo caceroladas de vecinos y reuniones en las plazas de los barrios por un objetivo tan utópico como la racionalización de la política y su reasentamiento sobre el demos.
En otras palabras, la normalización de las circunstancias es la que puede acabar frustrando los movimientos más legítimos.
3. Miles de firmas y numerosas propuestas recogidas a lo largo de dos semanas fueron secuestradas en la carga del 27 de mayo. Si las propuestas necesitan más de un determinado número de firmas para cristalizarse y llegar a instancias con algún tipo de fuerza para ser debatidas, debemos volver a empezar, y en lo posible ordenando las prioridades: por ejemplo, si para que una ley sea cambiada se necesita la aprobación de la cámara baja, asegurar su transparencia.
Un ejemplo claro de esto lo encontramos en la manifestación del 10 de julio de 2010 cuando un Estatut aprobado (previamente recortado por el gobierno central) en referéndum por la población es declarado ilegal por un Tribunal Constitucional cuya composición es en si misma ilegal.
Esto acaba de empezar, y tenemos unas elecciones a la vuelta de la esquina. Si bien ya sabemos cuáles serán los resultados aproximados, no sólo no hay atisbos de renovación sino que cambiamos de una izquierda derechista a una derecha declarada como la que se fortalece cada día con más peso en Europa, para reproducir las estructuras políticas y económicas contra las que nos quejamos.
El PSOE ha ganado en un campo, que es el del terrorismo con la declaración de ETA de hace unos días, viendo el resultado de años de dedicación. Pero tras ocho años de relevo, parecemos olvidar las mentiras de Acebes, Aznar y un Rajoy que ya formaba parte de su equipo. Si pudieron mentir a toda la población con el 11M, qué debería cambiar cuando todo lo que han hecho desde que perdieron la mayoría es criticar sin propuestas la gestión del actual gobierno?
El 20N representa una fecha sagrada. Por distintas razones para unos y para otros, y es la oportunidad que tiene la población de renovar las bases de su democracia, y de criticar la ilegalidad de la legalidad.
En general es más fácil estar descontento que estar satisfecho en este contexto. Y para obtener apoyo masivo sólo hay que encontrar cuáles son las cosas que han minado la confianza de la gente en este sistema. Esto es levantar polvo en torno a las figuras que se presentan como salvadoras pero que limitan el desarrollo de las ideas, porque, simplemente, no les conviene.